Carretera litoral serpenteando junto al Mediterráneo entre pueblos blancos y montañas en la Costa del Sol

Territorio · Costa del Sol

La N-340: la calle más larga de Europa que inventó la Costa del Sol

Una carretera pegada al mar, veinticinco años y ciento cuarenta kilómetros de costa que dejaron de ser pueblos de pescadores para convertirse en el destino más famoso del sur de Europa.

Por 360Málaga 6 min de lectura

Hay carreteras que llevan a los sitios y carreteras que crean los sitios. La N-340 pertenece al segundo grupo: sin ella, la Costa del Sol tal y como la conocemos sencillamente no existiría.

Es la vía litoral que recorre la costa malagueña de punta a punta, pasando por delante de la puerta de casi todos los pueblos. Y durante unas décadas del siglo XX se convirtió en el eje sobre el que se construyó, casi de la nada, un destino turístico mundial.

1959: un hotel que cambió una comarca

El punto de inflexión tiene fecha y dirección: 1959, Torremolinos, inauguración del Hotel Pez Espada. Aquel edificio no fue solo un alojamiento más; fue la señal de que la costa podía jugar en otra liga.

A partir de 1963, con Manuel Fraga como ministro de Turismo, llegó el empuje institucional: promoción exterior, permisos, infraestructuras. El sol y la playa pasaron a ser política de Estado.

«En veinticinco años, ciento cuarenta kilómetros de costa pasaron de pueblos de pescadores a destino mundial. Todo ocurrió a los lados de una sola carretera.»
Sobre el boom de la Costa del Sol

La calle más larga de Europa

Lo que ocurrió después fue una construcción continua a ambos lados de la carretera. Hoteles, apartamentos, chiringuitos, urbanizaciones. Los pueblos, antes separados por kilómetros de campo y caña, empezaron a tocarse por los bordes.

El resultado fue una fachada urbana casi ininterrumpida a lo largo de unos ciento cuarenta kilómetros de costa. De ahí el apodo que se ganó la N-340: la calle más larga de Europa. Todo eso ocurrió en apenas veinticinco años.

Por esa misma carretera llegaron la Jet Set a Marbella, los tablaos flamencos, las discotecas y las noches de los sesenta y setenta que todavía se cuentan en la costa como si hubieran sido ayer.

Lo que queda hoy

La A-7 se llevó el tráfico rápido y la N-340 se quedó con lo mejor: el paisaje. Sigue siendo el hilo que enhebra todos los pueblos de la costa malagueña, desde la capital hasta el Campo de Gibraltar, con el mar casi siempre a la vista.

Recorrerla con calma —parando en una cala, en un pueblo blanco, en un chiringuito sin cartel en inglés— es probablemente la mejor forma de entender cómo esta costa se convirtió en lo que es.

Y para eso hace falta coche. No es una ruta de autobús: es una ruta de parar donde te apetezca.