Murallas y arcos de herradura de la Alcazaba de Málaga al atardecer con la ciudad y el puerto al fondo

Historia · Monte Gibralfaro

Alcazaba y Gibralfaro: la fortaleza que nunca cayó por la fuerza

Mil años de murallas sobre un teatro romano, un pasadizo que une dos fortalezas y un asedio que no se ganó con armas, sino con hambre y paciencia.

Por 360Málaga 7 min de lectura

Málaga se lee de abajo arriba. Al pie del monte, las gradas de piedra del Teatro Romano. Encima, las murallas rojizas de la Alcazaba. Y coronándolo todo, el Castillo de Gibralfaro, con el Mediterráneo abierto a sus pies.

Tres épocas, una sobre otra, y un detalle que lo explica casi todo: buena parte de los mármoles y columnas que sostienen la Alcazaba salieron del propio teatro romano que tiene debajo.

Una fortaleza levantada sobre otra

La Alcazaba se construyó en el siglo XI por orden del rey taifa bereber Badis ben Habús, aprovechando los restos de una fortificación fenicia anterior. Nada se tiraba: la piedra que ya estaba trabajada se reutilizaba, y por eso hoy se ven capiteles romanos sosteniendo arcos musulmanes.

El teatro romano permaneció enterrado y olvidado hasta 1951, cuando unas obras lo devolvieron a la luz. Estuvo siglos bajo tierra, justo delante de la puerta principal de la fortaleza que había ayudado a construir.

Después llegaron los almorávides, los almohades y finalmente los nazaríes, bajo los que la Alcazaba alcanzó su mayor esplendor: patios, albercas, jardines en terrazas y una doble muralla que la convirtió en una de las fortificaciones más difíciles de tomar de al-Ándalus.

«No la tomaron las armas: la tomó el hambre. Las murallas de Málaga siguen sin haber sido vencidas en combate.»
Sobre el asedio de 1487

La Coracha: el cordón umbilical

En el siglo XIV se levantó el Castillo de Gibralfaro en lo alto del monte, no como palacio sino como refuerzo militar: desde arriba se domina todo lo que la Alcazaba no alcanza a ver.

Ambas se conectan por un pasadizo amurallado llamado La Coracha, que sube zigzagueando por la ladera. Ese corredor permitía mover tropas, agua y provisiones entre las dos fortalezas sin quedar nunca al descubierto. Es la razón técnica por la que el conjunto resultó tan difícil de romper.

1487: el asedio que no se ganó con armas

Cuando los Reyes Católicos pusieron cerco a Málaga en 1487, se encontraron con un muro que no cedía. Los asaltos no funcionaron. La fortaleza no cayó por la fuerza.

Cayó por hambre. Tras meses de asedio y con la ciudad agotada, la rendición llegó por agotamiento, no por combate. Es un matiz que cambia por completo la forma de mirar estas murallas: siguen invictas.

Desde 1494, el castillo aparece en el escudo de la ciudad. Málaga eligió representarse a sí misma con la imagen de lo que nadie consiguió derribar.

Lo que se ve desde arriba

Sube a Gibralfaro un día claro, preferiblemente a primera hora. Bajo tus pies estarán el puerto, la catedral y la plaza de toros perfectamente encajada. Y al fondo, si la atmósfera acompaña, las montañas del Rif africano y la línea del Estrecho.

No hace falta ser aficionado a la historia para entender, desde ese punto, por qué alguien decidió construir aquí una fortaleza hace mil años.