Estatua de bronce del cenachero de Málaga con dos cestos de esparto llenos de pescado sobre el hombro

Oficios · Plaza de la Marina

Los cenacheros: la primera red de reparto que tuvo Málaga

Antes de las neveras, de las apps y de los mercados modernos, el pescado llegaba a casa a hombros de un hombre descalzo que anunciaba su mercancía a voces por toda la ciudad.

Por 360Málaga 5 min de lectura

Imagina Málaga sin frigoríficos. El pescado sale del mar por la mañana y tiene unas pocas horas de vida útil antes de estropearse. No hay furgonetas, no hay cámaras frías, no hay teléfono para pedirlo. ¿Cómo llega ese boquerón desde la orilla hasta una cocina del centro?

Llega a hombros. Y quien lo lleva se llama cenachero.

Dos cestos, una cuerda y una voz

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, los cenacheros recorrían las calles de Málaga con dos grandes cestos de esparto —los cenachos— colgados de una cuerda que se echaban al hombro. Dentro, sardinas y boquerones recién descargados.

Caminaban descalzos, hicieran los kilómetros que hicieran, y anunciaban la mercancía a voces. Ese pregón era el único escaparate que tenían: quien lo oía asomaba a la puerta y compraba directamente en la calle.

Visto desde hoy, era exactamente un servicio de reparto a domicilio, con su ruta, sus clientes fijos y su horario marcado por la llegada de las barcas. Solo que la logística cabía entera en dos cestos y un par de piernas.

«El primer reparto a domicilio de la ciudad no tuvo motor: tuvo dos cestos de esparto y una voz que se oía desde la esquina.»
Sobre el oficio del cenachero

Por qué a los malagueños se les llama boquerones

El gentilicio cariñoso de la ciudad no es un capricho. Málaga se ganó el apodo de boquerones por la devoción a ese pescado pequeño y plateado que llenaba los cenachos y las mesas, día tras día, en las casas con dinero y en las que no lo tenían.

El cenachero fue durante décadas la cara visible de esa relación: el hombre que hacía que el mar entrara en la ciudad todos los días antes del mediodía.

El final del oficio y el bronce que quedó

El oficio se fue apagando con la refrigeración, los mercados modernos y el tráfico, hasta desaparecer prácticamente en los años ochenta. No hubo despedida ni acto oficial: sencillamente, un día dejaron de oírse los pregones.

Antes de eso, en 1968, la ciudad ya le había levantado un monumento. La estatua del cenachero, obra de Jaime Fernández Pimentel, sigue en la Plaza de la Marina con sus cestos cargados, a pocos metros del puerto por el que entraba el pescado.

Es uno de esos sitios por los que todo el mundo pasa y poca gente se detiene. Merece la pena hacerlo: es el retrato de una Málaga que trabajaba a pie y a viva voz.